Mixing meals, el futuro está aquí

¿Qué lleva a una persona aparentemente equilibrada a mezclar melón con jamón? ¿Qué razones llevan a un amantísimo padre de familia para que, escondido al amparo de la noche, se prepare un sándwich de Nocilla con chorizo de pamplona? ¿Qué oscuros problemas neuronales esconde el cerebro de un interfecto que decide unir sobrasada con miel? ¿Qué clase de lobotomía natural se ha creado en el lóbulo frontal de la persona que, libre y alegremente, une en el mismo bocadillo tocino frito y chocolate?

Preguntas que no tienen respuesta. Estas errantes ánimas son errores de la naturaleza que no tienen solución. Pero la verdadera cuestión no es preguntarse por qué una persona crea una impía unión culinaria entre mejillones en escabeche y mayonesa, la verdadera cuestión es el pionero, esa persona que, en un día de aburrimiento, pensó que era buena idea crear un plato de sardinas asadas con miel. Ese mutante, y solo él, es el verdadero motivo de este nuevo estudio científico/psicológico/cosa de la Cúpula de la IRA.

¿Por qué un señor, o señora, crea un plato tan extraño como el melón con jamón? A ver, todos nos hemos encontrado con el frigorífico semi vacío y teniendo que unir alimentos que, a priori, no parecían compatibles. Hace tiempo yo mismo me encontré delante de un paquete de pasta, una lata de atún y unas zanahorias sin saber muy bien qué hacer y con la difícil decisión de unir estos ingredientes en una atrevida y, probablemente, peligrosa comandita. Finalmente salió uno de los platos estrella de ese año en un importante certamen culinario internacional. Por eso ahora estoy escribiendo esta entrada desde mi lujoso castillo.


Apis ha cruzado la linea en su búsqueda de nuevos sabores.


Por supuesto podríamos hablar de la primera persona a la que le pareció buena idea meter el queso de cabrales en moñiga de vaca para que “cogiera buen sabor”. O de ese hambriento, hambriento ser que, totalmente resuelto y, verdaderamente, muy, muy hambriento, devoró por primera vez un gelatinoso caracol. Pero ese es otro tema que también trataremos en nuestro siguiente estudio. Por ahora, centrémonos en las uniones anti natura entre alimentos.

Observemos con detalle ese “caso uno”. Ese valiente que se encuentra hace años en su chabola o en su cueva (o donde quieran que vivan estos seres) con un bote de Nocilla y unas rodajas de chorizo de pamplona. Restos fósiles encontrados por la Cúpula evidencian que estos humanoides tenían el cerebro más desarrollado, por lo que es factible pensar que se trata de entes venidos del espacio exterior para enseñarnos a disfrutar realmente de nuestros alimentos, haciendo uniones que a un mortal humano no se le ocurrirían en la vida. O puede que todo sea simple coincidencia. Un traspié fortuito con mágicas consecuencias paladares. Una baldosa descolocada que surge de la tierra para entorpecer el camino de una persona, y que como resultado del tropiezo descubre que la unión entre el chorizo y la Nocilla no es tan vomitiva como en un principio pudiera parecer. Unidos al caer, el grasiento chorizo y la cremosa Nocilla crean un sabor que quedará unido al alma de esa persona para siempre. Esa persona pasará su fantástico descubrimiento de generación en generación, hasta que con el paso de los años entre en los anales de la historia.

Saquen sus propias conclusiones: ¿casualidad o ingenio de un ente superior?

1 Comentarios llenos de IRA:

El murmullo de las cucarachas dijo...

Pos hacemos unas fabes con Lince Iberico que lo flipasss!!!... y es como todo.. a falta de Linces pues los gatos de las amantes tambien valen...!!

Y siempre con azafran humano al gusto de cada cual!!!

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