Fantasmas con retraso


Ayer vi un infame film sobre fantasmas, quinceañeras con traumaúra mental y misterios de chichinabo. En él, la niña con pocas luces recibía mensajes de un fantasma que intentaba decirle cosas sexuales, muy sexuales. El problema es que no se entendían. No había feeling. Puede que fuera por la sangre que salía a borbotones de la boca del fantasma cada vez que hablaba. Puede que fuera por su abrasada cara con aspecto de anuncio de embutido. O puede que el problema fueran los ruidos siseantes y los golpes que emitía al arrastrarse por la habitación de la niña que, como es normal, se hacía cacas cada vez que recibía la visita del fantasma de la navidad.

Y es de eso mismo de lo que quiero reflexionar. Siempre que un fantasma quiere decir algo, hace sangrar las paredes o planta niños con muñones en el sofá del abuelo. ¿Esta forma de actuar tiene algún beneficio que escapa a nuestra comprensión? ¿Por qué los fantasmas, en vez de gritar con fetos triturados en la boca no se limitan a hablar? ¿Por qué no se sientan al calor de un fuego con la persona con la que quieren hablar y hablan?


Compra tomates Billy.


Puede que esta incapacidad de mantener una conversación normal se deba al trauma de la muerte o al dolor que ésta genera, pero lo que está claro es que no es una buena forma de comunicación y el resultado es siempre el mismo: el mensaje llega cuando el receptor pierde el miedo al emisor, y eso, es casi siempre demasiado tarde. A esas alturas de la película la mitad de la familia del receptor suele estar con el cerebro abonando las rosas del antagonista de turno.


Así pues, animo a los fantasmas de las películas a tomar formas de cosas cotidianas, como un cojín o una mazorca de maíz y prueben a susurrar en vez de gritar y a manchar las paredes de rico chocolate en vez de usar sangre. De esta manera el mensaje llegará antes y estas películas de puta mierda durarán menos.

Nintendo 3DS: quiere tus ojos

Puede que sea para la pérfida colección de algún jerifalte de Nintendo, puede que los necesiten para hacer funcionar un infame máquina para traer a este mundo a pútridos espíritus del inframundo o puede que en la cantina de la fábrica que Nintendo tiene en Japón se sirvan ojos humanos con soja y arroz. Desconozco el motivo, pero lo que queda claro cuando pruebas la Nintendo 3DS es que Nintendo quiere tus ojos.


Ahora con más ojos.

He tenido la desgracia de probarla en una tienda y he comprobado cómo funciona: usa dos pantallas que emiten una imagen para cada ojo. Es tan malo como suena. Lo único que se consigue es un tremendo dolor de cabeza y cataratas para cada ojo. Terminas mirando la consola como si fueras un estrábico comiendo limones.

Al cabo de tan sólo 5 minutos jugando odias la 3DS y te sientes realmente mal. Te duele la cabeza y te sientes aturdido y desorientado. En ese momento eres una presa fácil para ladrones y violadores, así que juega siempre acompañado de alguien de confianza que te pueda acompañar hasta tus aposentos en lo que será la peor noche de tu vida. Porque es durante la noche cuando el riesgo de perder los ojos se multiplica. Es por la noche cuando Nintendo reclama lo que es suyo.

Sabores que añoramos


Entraron en nuestras vidas con la grasienta intención de hacernos felices. Eran nuestros favoritos, y cuando teníamos oportunidad, acudíamos a ellos en busca de saturadas sensaciones, aromas e inspiración. No estoy hablando de Buda. Jesús no tiene cabida en este blog y tampoco hablo de Mariano Mariano. Hablo de cosas mucho más banales que los citados dioses. Hablo de alimentos que ya nos dejaron porque su tiempo pasó. Alimentos elaborados a base de aromas venidos de ultramar y extraños animales ya extintos. Quizá esta última sea la verdadera razón de la desaparición de estos tres sabores de mi infancia: las Rufles Chili Bravas, la McRib, y los Drakis.

Ruffles lleva años descuidando a los amantes del picante patatil. Aun recuerdo cuando podíamos disfrutar de las Ruffles Chili Bravas en las tiendas -remarcaban lo del picante poniendo dos sinónimos de picor en el nombre-. Recuerdo cómo se quedaban las manos rojas por la mierda roja que llevaban y el horrible picor cuando comías una que estaba demasiado saturada por ese polvo, era como comer un pegote de pimienta de cayena. Pero esas eran las mejores, las que estaban demasiado fritas y habían absorbido tanto picante que su ADN de patata mutaba. No sé si volverán alguna vez, pero espero rezar al dios tentacular adecuado para ello.


Horrible ser que le daba su característico sabor picante a las Chili Bravas.

Cuando pienso en la McRib, una extraña sensación de vacío se apodera de mí. La misma que sentí cuando un buen día, hace años, me encontré con que mi hamburguesa del McDonald´s favorita había desaparecido de la carta. Hicieron falta 4 chicos de los que salan las patatas para calmarme y para que dejara de destrozar el local. Luego, sentados en las ruinas de lo que fue su único medio de ganar dinero, me explicaron que se había ido a otro planeta para hacer feliz a los niños de allí. Me dolió, pero lo entendí. Desde entonces aguardo a que vuelva algún día, con su carne de ¿cerdo?, su salsa barbacoa, sus cachos de cebolla cortados a machete... ¡Vuelve McRib!


Elaborado con una rara raza de gusanos ya extinta.

Dejo para el final el sabor que marcó un antes y un después en mi vida. Los Drakis aparecieron un día en la tienda, sin hacer ruido. Su forma llamaba la atención y obligada a tu inocente mente de infante a comprarlos. Saltaban a la vista sus innumerables usos, como por ejemplo como sustitutivos de tus dientes y muchas más cosas... Pero ¿y el sabor? La bolsa aseguraba que sabían a bacon y a queso. No creo que usaran en ellos mucho más bacon del que se utiliza en la fabricación de bujías de alto rendimiento, pero la cosa es que saborearlos era como saborear la ambrosía. Y luego, tras mucho tiempo de disfrute junto a ellos, se fueron sin dar una explicación. Abandonaron mi vida y con ellos, una parte de mi ser. Una parte que nunca he recuperado: la cordura.


Hechos con auténticos dientes de niños pobres.

Espero que estas líneas lleguen a algún responsable de las citadas marcas y le hagan llorar de emoción. Sólo ellos pueden hacerles volver.

Pisar una mierda en Madrid

Es duro pisar una mierda de perro en Madrid. No es que en el resto del mundo sea algo bonito, pero en Madrid es un poco peor.

¿Por qué? Te estarás preguntando, amado lector, es peor pisar una mierda de perro en Madrid. La respuesta que buscas es: por la falta de jardines. Y ahora, guapo lector, te estarás preguntando, ¿Qué tienen que ver la falta de jardines con las mierdas de perro? Seguramente pienses que me refiero a que, como hay menos jardines, los canes cagan más por las aceras, pero no.

El problema de pisar una mierda de perro en Madrid es la falta de jardines en los que limpiar el calzado mierdeado. En mi tierra, las calles están por todas partes rodeadas y plagadas de jardines que, aparte de cumplir su función embellecedora, cumplen una función vital de limpiabotas cuando ocurre algún tipo de desgracia perruno-mierdera. Pero en Madrid no hay jardines. Hay tierra.

Y así, con esta problemática añadida, andando yo despistado lanzando fotos a diestro y siniestro en una céntrica calle de la capital, pisé hace pocos días una pedazo de cagada que hizo que mi playera se deslizara unos centímetros. Al ver semejante desaguisado playeril, hice primero como que me rascaba la cabeza, para disimular, y luego comencé a buscar sitios en los que limpiar mi desgraciado calzado. Sólo encontraba bordillos y árboles tristes sin una brizna de hierba en sus bases. Ante tal desalentador panorama me pregunté ¿que haría Jesús en mi lugar? por supuesto, algún truco de magia que haría desaparecer el oloroso problema. Yo, por mi parte, decidí aprovechar algún charco de agua y la tierra de la base de un agradecido árbol.

El resultado no fue, ni de lejos, tan satisfactorio como el obtenido en un jardín. Al inicial resto fecal, había que añadir ahora tierra y agua estancada. Madrid necesita jardines de manera urgente.

Esperamos que sea niña

¿Para qué disimular?, ¿eh, señores de Calzedonia?

Sí, queridos lectores, de nuevo la publicidad, y es que no puedo estar viendo la tele tranquilamente sin que se cruce ante mis ojos algún spot que me haga salir la bilis a borbotones. En esta ocasión es el anuncio de Calzedonia:


Queremos tu vida.

Todo muy bonito, canción de piano con voz suave de treintañero-que-se-preocupa-por-ti-y-tiene-más sentimientos-que-la-media incluida. Tonos rosas y felicidad en todas las etapas de la vida, desde que nace, crece, ama, ríe, se casa y terminamos con un embarazo y vuelta a empezar. Qué majos. ¡NO! Se descubren con un "esperamos que sea niña". Automáticamente me imagino a 8 orondos accionistas de Calzedonia, alrededor de una mesa fumando puros, comiendo huevos de cóndor y viendo el vídeo promocional de la nueva campaña de su empresa, mientras piensan en la de cosas malévolas que van a poder comprar con el dinero que se gasten los padres que tengan niñas en sus malévolas tiendas -como podéis ver, todo es malévolo-.

Y piensan regodeándose en su propia crapulencia ¿para qué disimular? Sólo esperamos que sea niña para que te gastes un montón de pasta en ella, y para que ella, totalmente alienada tras años de productos Calzedonia, haga lo mismo con su hija, que tendrá gracias a la selección embrionaria. Y así hasta el infinito. Hasta que no queden hombres y sólo queden féminas que visten calcetines de cuerpo entero -una futura moda del año 2150-.

De modo que, sabiendo el horrible futuro que le espera a la raza humana ¿vas a comprar en Calzedonia? ¿Te alegrarás si es niña? Los accionistas de Calzedonia sí.